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 Ultima Actualización:
 09/25/2008
 

 

Así Aprendí a Volar !

J. Harvey Gray
 

 
 
En la época previa a que las estaciones de radio omni-direccionales reemplacen el volar sobre la orografía del terreno, y antes que la radio en los aviones esté en uso, la navegación aérea era algo así como una adivinanza. Agréguele cadenas montañosas que se elevan a 21,000 pies y motores certificados para 3,500 pies y sazónelo con una ausencia de mapas confiables, y tendrá lo que era volar en Ecuador allá por los años 30's.
Ahora, reduzca su instrumental de vuelo a un compás magnético (el cual funciona como un giróscopo direccional en ausencia de un marcador de error en la zona ecuatorial), un indicador de velocidad en el aire, un altímetro, un reloj y un medidor de alabeo, y usted podrá visualizar los elementos para la más sorprendente experiencia de navegación aérea en 27 años de volar.
Durante la época lluviosa, la zona costera de Ecuador está cubierta de una densa capa de nubes de cuatro o cinco mil pies de espesor, que a veces se abre solamente en las tempranas horas de la tarde. El altiplano, un valle a unos 10,000 pies sobre el nivel del mar, donde se encuentra Quito, descansa justo al este de la cadena principal de los Andes. Aquí por lo general el clima es al revés, con nubes aisladas por la mañana, tornándose cubierto por la tarde. La cordillera que separa el altiplano de la zona costera, va de 12,000 a 21,000 pies de altura.
Despegué de Guayaquil una mañana, abordo de un Curtiss Osprey, en uno de mis frecuentes viajes a Quito. El clima era normal, por lo que mantuve mi acostumbrado procedimiento de vuelo, el de mantenerme bajo la cubierta de nubes hasta Santo Domingo de los Colorados, en las estribaciones de la cordillera, al sur-oeste de Quito, para luego virar al oeste alejándome de las montañas y ascender en espiral hasta salir de la densa capa de nubes. De ahí, el curso se reversaría en 180 grados, para ascender hasta los 15,000 pies y poder superar así la cordillera entre Santo Domingo y Quito
Desde este punto, el procedimiento era de rutina. Era necesario encontrar un agujero en las nubes, lo suficientemente grande para descender por el. En éste viaje en particular, todo iba bien. Encontré un agujero que me permitiría un descenso en espiral. Abajo del agujero y varios cientos de pies por debajo de las nubes, había un lago grande, obviamente aquel que se encuentra junto a Otavalo, a pocas millas al norte de Quito. A pesar que no podía ver la orilla para una identificación positiva, era indudable que se trataba del lago al norte de Quito, pues no había ningún otro de esas proporciones en el área.
Adelantado en mi itinerario y relajado en mi estado de ánimo, me decidí por un lento y confortable descenso en espiral, en vez de una picada, como he tenido que hacerlo en otras ocasiones. Entre en espiral desde los 18,000 pies y emergí por debajo de las nubes. En este momento, todo el procedimiento se me fue rápidamente al diablo. Desde las nubes hasta el agua, todo estaba circundado por una pared vertical de roca. Le había atinado a un lago dentro de un volcán inactivo, que no estaba en ninguna de las cartas de navegación que disponía.
Mantuve al avión en un giro pronunciado para ver lo que podría ser mi tumba, y era evidente que la única vía de escape era hacia arriba. El agujero por el que entré, estaba rápidamente desapareciendo cerca del cráter. Ya no pude ver más el paisaje, porque tenía que reversar el espiral lo más rápido posible. Yo solo quería salir de ahí
Durante la breve exploración, noté que el lago estaba a unos 14,000 pies, es decir 4,000 pies más arriba del que estaba buscando. También noté que se pone realmente frío, cuando uno respira profusamente al aire libre en esas circunstancias. Los agujeros que escogí luego para mi espiral de descenso, me mostraban ahora largas fajas de tierra cultivada o caseríos a 10,000 pies de altura.
El bello y remoto lago en un cráter está ahora en las cartas de navegación, como una mancha azul oscuro. Los pilotos en Ecuador ya no necesitan descubrirlo por ellos mismos. Nota: El lago al que se refiere el autor es el lago en el volcán Pululahua.
 

Tomado de la Revista Flying (sin fecha), gentileza del Sr. Gary G. Kuhn

 
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